Hebreos
6:19
Tenemos como ancla del alma,
una esperanza segura y
firme,
y que penetra hasta dentro del velo,
Tenemos una “esperanza”.
No en esta vida. No basada en las capacidades que Dios nos ha prestado. No
basada en nada que podamos HACER o DECIR. Nuestra “esperanza” no se encuentra
en este mundo caído – ni en ninguna persona ni cosa. No hay “esperanza” en el
dinero ni en “comprar cosas”. No hay esperanza en dirigir negocios ni en
ejercer el poder. La única “esperanza” verdadera que tenemos en esta vida caída
es la vida eterna que nos otorga nuestro Señor soberano y misericordioso.
El autor del
libro de Hebreos escribió a su audiencia judía — de ahí el nombre – Hebreos. Él
sabía que ellos comprendían una “esperanza” que “penetra más allá del velo”. “El
escritor afirma que el ancla de nuestra alma se extiende hacia la parte
interior, detrás de esta cortina; se aferra al Lugar Santísimo, a la mismísima
Arca del Pacto, al propiciatorio donde el sumo sacerdote rociaba la sangre
expiatoria. Sin embargo, él tiene en mente algo más que esto. Describe el ancla
como algo fijado en el Lugar Santísimo celestial, al cual Jesús entró con su
sangre plenamente expiatoria”. [1]
Nuestro Señor
entró en el lugar santo en el cielo (Hebreos 9:24). Él acabó el sacrificio que
necesitábamos para ser perdonados eternamente. “Consumado es” (Juan 19:30).
Literalmente. En tiempo pasado. En la cruz, hace unos 2,000 años. El precio
eterno de nuestra salvación ha sido pagado en su totalidad. Jesucristo resucitó
de entre los muertos el domingo. Él se convirtió en las primicias de muchos
creyentes (1 Corintios 15:20-23). Nuestra
investidura con cuerpos glorificados es segura. Nuestra eternidad con Él es
inevitable. Comprenda esa palabra – inevitable. Nada ni nadie puede impedir
aquello en lo que nos convertiremos (Números 23:19; Isaías 14:27; 46:10;
Santiago 1:17). Nuestro Dios lo declaró así.
Esta “esperanza”
es la certeza de lo que no podemos ver (Hebreos 11:1). No es una
esperanza vaga. No es una esperanza basada en meros deseos. Es una “esperanza”
cierta que aún está por cumplirse. Nuestra salvación se consumará.
Recibiremos cuerpos glorificados. Pasaremos la eternidad caminando por calles
de oro tan puro que es transparente (Apocalipsis 21:21). Nuestra “esperanza”
está anclada en AQUEL que no puede mentir. Nuestra “esperanza” es
segura y firme. Nuestra “esperanza” sabe (aunque ahora veamos como
por un espejo, oscuramente —1 Corintios 13:12—) que nuestro Señor está en el
cielo —ahora mismo— intercediendo por nosotros (Romanos 8:34).
Por lo tanto — porque
SABEMOS que nuestro Señor no puede mentir. Porque SABEMOS las promesas que Él
nos hizo. Porque escudriñamos Su palabra (2 Timoteo 2:15) y crecemos en la
gracia y el conocimiento del Señor Jesucristo (2 Pedro 3:18)— SABEMOS cuál será
nuestro fin. La “esperanza” que tenemos es “esperanza” solo porque no podemos
verla (Romanos 8:23-25). Pero nosotros — con perseverancia — la aguardamos con anhelo (Romanos
8:25). Nos aferramos a lo que “sabemos” – que nuestro Señor es fiel. ÉL
completará lo que ÉL ha comenzado (Filipenses 1:6). Y quedaremos asombrados.
Quedaremos maravillados. Y estaremos eternamente agradecidos por lo que nuestro
Señor ha hecho por nosotros. Cuando esto “suceda” – ya no “esperaremos”. La fe
y la esperanza serán conceptos del pasado. Solo lo amaremos a Él y nos amaremos
los unos a los otros. “Y ahora permanecen estos tres: la fe, la esperanza
y el amor; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).
Hasta ese “día” – nuestra “esperanza” permanece firmemente anclada en
Jesucristo. Y nada ni nadie podrá “sacudir” esa inevitable “esperanza”. Hoy – honraremos Jesucristo por haber puesto
esta “certeza” (esperanza) en nuestras vidas.
[1]
Lenski, R. C. H. (1938). The interpretation
of the Epistle to the Hebrews and of the Epistle of James (p.
205). Lutheran Book Concern.
Tenemos como ancla del alma,
una esperanza segura y firme,
y que penetra hasta dentro del velo,