2 Timoteo
1:7
Porque no nos ha dado
Dios un espíritu de cobardía
sino de poder, de amor y de dominio propio.
Esta es la segunda (y última) carta de Pablo a su amigo, su “hijo”
espiritual, su discípulo Timoteo. Timoteo era joven de edad (1 Ti. 4:12). Al comienzo de esta última carta a Timoteo,
Pablo lo anima a ser fuerte en el Señor.
Todos “sentimos” o “percibimos” dudas y temores sobre nosotros mismos
cuando “actuamos” con fe. ¿Qué pensará la gente de mí si hablo de Jesucristo?
Estas dudas, creadas por nuestra “carne” y respaldadas por el “mundo”, pueden
ser superadas por el “poder” (dynamis – griego) del Espíritu Santo – si
le permitimos que nos guíe. En nosotros
reside, a través del Espíritu Santo, el poder para hacer y decir las
cosas que honran a Jesucristo. Y es por eso que permanecemos en esta vida
después de “nacer de nuevo”. Somos Su
cuerpo – Sus manos y Sus pies – para “hacer” las cosas que Le honran en esta
vida. Tenemos el “poder” para hacer estas cosas que requieren fe. Necesitamos
pedirLE al Espíritu Santo que nos ayude a superar nuestros miedos, dudas e
inseguridades. Necesitamos alabar y honrar a Jesucristo en público. AnunciarLO
a las personas que conocemos y con las que nos encontramos.
Otro aspecto del Espíritu Santo que nos ayuda a hablar y pensar sólo en
Jesucristo es el amor “ágape”. El amor desinteresado que solo piensa en los
demás. Si realmente amamos a quienes nos rodean – no dejaremos de hablar de
Jesucristo. Si son miembros de nuestra
familia inmediata — marido, mujer, hijos O padres, primos, tíos O vecinos,
conocidos, compañeros de trabajo — cualquiera y todos — hablaremos de
Jesucristo. Porque Él ama de verdad. Si amamos sinceramente a los demás, nos
daremos cuenta de que lo mejor que podemos hacer por ellos es animarlos a
conocer (evangelizar) o crecer (discipular) en Jesucristo. En cada conversación, en cada encuentro de
cada día. No hay nada más importante. Jamás. En Él vivimos, nos movemos y
existimos (Hechos 17:28). Nuestros días deben estar llenos de conversaciones
que se centren en Jesucristo.
El Espíritu Santo también nos da autocontrol y prudencia.
Ambas ideas se encuentran en la palabra (σωφρονισμός sōphrŏnismŏs) disciplina, es decir, autocontrol y mente sana. Debemos ser “conscientes”
de lo que el Espíritu Santo quiere que hagamos y digamos. Somos testigos de
Jesucristo en este mundo caído. Somos Sus
manos y Sus pies. Debemos hacer y decir las cosas que Le honran. Esto es mucho,
mucho más importante que “poseer” cosas o “tener una vida mejor aquí”. Hemos “nacido de nuevo” para honrar a nuestro
Salvador eterno. Así que, hoy, no seamos tímidos ni dudemos de nuestro
propósito. Hablemos amorosamente de Jesucristo y vivamos una vida que demuestre
el autocontrol y la prudencia de ser guiados por el Espíritu Santo. Durante
todo el día. Hasta que nos acostemos esta noche. HonrémosLe con nuestros pensamientos y nuestras
vidas.
Porque no nos ha dado Dios un espíritu de cobardía
sino de poder, de amor y de dominio propio.
Favor de escribir tus comentarios aquí. Gracias.
ReplyDelete